Luis Miguel Ortego
El siglo XVI en Aragón no destaca por
haber dado pintores importantes. Es más bien el siglo dorado de la escultura, como muestran las obras de
Forment y su círculo; y también el de la arquitectura, como se observa en tantas casas-palacio de
nuestro territorio. Sin embargo, el inicio siglo XVII asistió al nacimiento de un pintor que habría
de ser referente en Aragón y muy considerado en la Corte. Se llamaba Jusepe Martínez, y además
de cosechar la amistad Velázquez o Cano, consiguió ser pintor de Felipe IV desde 1645.
Jusepe Nicolás Martínez Lúrbez nació en Zaragoza en el año 1600. Era hijo del
pintor Daniel Martínez, y ello influyó en su formación técnica y en el posterior desarrollo
de su pensamiento artístico. Su afán por el aprendizaje y la enseñanza de la pintura hizo
que durante su vida acogiera a varios aprendices en su taller y observara siempre su obra y la de los demás
con una permanente mirada analítica. Esta actitud se plasmó al final de su vida en los «Discursos
practicables del noble arte de la pintura».
Comenzó su formación en Zaragoza, con su padre, que lógicamente le enseñó en
buena parte el oficio en la teoría del dibujo y el color. Como parte de esta enseñanza, Jusepe pronto
entró, mediante un examen, en la Cofradía de San Lucas de Pintores de Zaragoza. En 1619 le encontramos
documentado en Uncastillo como pintor, junto a su padre, en la iglesia de San Andrés. Para la formación
de Jusepe era de vital importancia el viaje a Italia. Allí podría estudiar a los maestros del siglo
XVI (Miguel Angel, Rafael...) y valorar el uso de la línea, el color, de la composición o de la adecuación
de las formas a la historia, aspectos que preocuparán siempre a Jusepe. En Roma (hacia 1624) conoce a pintores
de la talla de Guido Reni, Domenichino o Pietro de Cortona, todos ellos en la órbita del incipiente barroco.
Con ellos y con la amistad de Juseppe Ribera «el españoleto», vislumbrará las nuevas
vías de la pintura que le servirán para destacar a su vuelta a España. De nuevo en Aragón
(1627) se hace un hueco en el importante y selecto círculo de artistas e intelectuales aglutinados por Vincencio
Juan de Lastanosa, entre los que se contaban Juan Francisco Andrés de Ustarroz, cronista de Zaragoza, o
Baltasar Gracián.
Su actividad en Zaragoza y Huesca principalmente fue muy grande ya a partir de 1633. En estos años trabaja
para los Trinitarios Calzados de Zaragoza y para muchas otras congregaciones, iglesias y particulares de la ciudad.
A este periodo pertenecen los lienzos de Santa Cecilia y San Pedro Nolasco que se pueden ver en el Museo Provincial
de Zaragoza. En los años de mayor actividad trabajó también en la capilla de la Virgen Blanca
de La Seo, como retratista de los arzobispos Apaolaza y Cebrián o en la iglesia de San Miguel de los Navarros.
En Huesca, además de haber pintado las armas de la ciudad y el reino en 1637, de tal modo que el concejo
resolvió pagarle más de lo que se había acordado, dejó una excelente colección
de retratos en la basílica de San Lorenzo (1646). Y a pesar de que el núcleo de su obra está
en Zaragoza, también trabajó en La Almunia (1645) y de nuevo en Uncastillo (donde tenía vínculos
familiares), esta vez en el retablo mayor de Santa María (hacia 1650).
Pintor del Felipe IV
El viaje más importante de la vida de Jusepe Martínez fue el que hizo a Madrid después de
1633 atraído por la corte de Felipe IV y la actividad artística que de ella destilaba. En este viaje
conoció a Alonso Cano y a Diego Velázquez, con el que estableció una duradera amistad y colaboración,
plasmada en algunas obras de ambos de forma evidente. Años después, en 1642 durante la estancia de
Felipe IV en Zaragoza, Velázquez usó el taller de Martínez para acabar un retrato que le habían
encargado. En 1645 fue enviado por el rey a dibujar el asedio del castillo de Monzón. Estas actividades
y sus excelentes relaciones le valieron en 1645 el importante cargo de pintor del rey, que llevó a gala
hasta su muerte. Por su cercanía a la corona, en 1646 pintó un lienzo para el monumento erigido en
la Plaza del Mercado durante las exequias fúnebres del Príncipe Baltasar Carlos, y más tarde,
en 1665, también participó en la decoración del monumento funerario que la ciudad erigió
a la muerte de Felipe IV, también en la Plaza del Mercado.
Coincidiendo con la muerte del Rey, tuvo que enfrentarse a una frustración mucho mayor y que quizá
nunca superó. En 1665 su hijo, Gerónimo Jusepe Batista, que había comenzado su formación
de pintor con su padre continuando la tradición familiar, decide abandonarla para ingresar en el monasterio
de Aula Dei, truncando así la dinastía de pintores y la voluntad de Jusepe de tener a su hijo por
discípulo aventajado. Quizá debido a esta frustración decidió escribir, animado por
el infante Juan José de Austria, sus «Discursos practicables del noble arte de la pintura»,
para así poder dejar por escrito a su amigo el infante y a la posteridad aquello que no había podido
legar a su hijo.
El 6 de enero de 1682, ciego y desanimado, pero orgulloso de su carrera, moría Jusepe Martínez y
era enterrado en la capilla de San Jerónimo, que él mismo había fundado en la iglesia de San
Miguel de los Navarros como panteón familiar. |